Ciudad de la Costa, 16 de marzo de 2006.

Que difícil se hace hablar de nosotros, tal vez por esto, dejamos esta parte del sitio para el final. Nuestra vida con los beagles empezó así como sin querer...

Por supuesto que tanto a mi marido como a mí nos gustaron siempre los animales,  siempre fuimos personas "bicheras", como se les dice en Uruguay a los que gustan de los animales. Pero hasta el momento en que tuvimos el primer beagle, nuestro contacto con el mundo de la cinofília era sólo tener un perro como mascota en nuestro hogar.

Cuando adquirimos a Panchito, teníamos todas las condiciones necesarias como para "no" tener un cachorro. Ambos trabajábamos todo el día afuera, y vivíamos en un pequeño apartamento interior en la ciudad de Montevideo.

Fue amor a primera vista, Panchito (Woodcutter´s Bagdad), estaba en un Pet shop en un shooping de Montevideo, nosotros entramos sólo para observar los cachorros que allí había, y no pudimos sacar la vista de un cachorro.

El veterinario (quiso la casualidad que años después nos reencontráramos con él, y actualmente es el médico veterinario responsable de nuestro criadero, además de un muy buen amigo), lo puso en mis brazos, Panchito en ese entonces era un cachorrón de tres meses y medio, y la raza beagle no estaba aún difundida en nuestro país.

Preguntamos
-“¿Qué raza es”, y recuerdo que nos dijo “beagle, como el Canal de Beagle”.
-“¿Crecen mucho?”. Fue la otra pregunta, al ver el tamaño de aquél cachorrón grandote, con aquellas patazas!!!
-No!, ¿viste la película "Una segunda oportunidad" con Harrison Ford?... el perro que aparece ahí es un beagle.

Recordaba perfectamente la película,  pero vagamente al perro. De cualquier manera quería ese cachorro, que en realidad poco corte me estaba dando en los brazos.

A pesar del precio, que era una pequeña fortuna para nosotros en ese momento, Panchito llegó a nuestras vidas, y a través de él, entramos al mundo de la cinofilia. De ahí, las exposiciones, el mudarnos a una casa con terreno, la crianza, fue una consecuencia predecible.

El  tener una casa, hizo que necesitáramos también un perro de guardia, y nuestro contacto con la otra raza de nuestros amores...el cimarrón uruguayo.

Nuestra familia siguió creciendo, y no solo por la parte perruna; Facundo (7 años), y Santiago (2 años), nacieron y se criaron entre cachorros y exposiciones.

A través de los años hemos aprendido, nos hemos equivocado, conocimos los laureles del triunfo y los sinsabores de las derrotas.

Nos hemos conmovido y alegrado con los nacimientos y se han derramado lágrimas cuando alguno de nuestros compañeros de cuatro patas se ha ido. Pero jamás, ni en los peores momentos, salimos de la meta que desde que empezamos con la crianza nos fijamos, criar con ética y cariño por los animales.

Nuestros perros, no son únicamente padrillos, madres y campeones, son los compañeros de juego de nuestros hijos, los vemos crecer, ya que nacen en nuestra mano (y en nuestro living), y los vemos envejecer tomando el sol en el jardín.
 
Haciendo un recuento de nuestro recorrido por el mundo cinófilo,  nos sentimos satisfechos de lo que hemos alcanzado, y seguimos aprendiendo día a día, ya que siempre hay para mejorar.

En estos años, son muchas las personas a las que, por diferentes motivos debemos agradecer lo que hoy hemos logrado.

A Pablo Orlando, quien fue nuestro primer handler, para nosotros por siempre el handler de Panchito (chitoman, como él le decía), de su mano entramos al mundo de las exposiciones y los perros de show, y a su padre Luis Orlando, por su experiencia brindada como criador y gran juez.

A Pablo Miraballes y su señora María Basedas. Pablo fue nuestro handler  y hoy ambos son nuestros amigos, siempre dispuestos a dar una mano, y a compartir un momento agradable más allá de las rivalidades de los shows.

Al Dr. Víctor de Oliveira, buen amigo y  veterinario, siempre a la orden cuando lo hemos necesitado en las emergencias de nuestros canes, y en los percances de la vida siempre encontramos su  mano extendida.

A los jueces, y criadores de los que por una u otra razón hemos aprendido, ya que supieron transmitirnos generosamente algún conocimiento.

A nuestra querida amiga Adriana Bonomo, siempre presente ayudando en lo que sea necesario, siempre brindándonos su cariño y su apoyo incondicional en todos los ámbitos.
  
A nuestros perros, los que están y los que se han ido, sin ellos nada de esto sería posible...

Por último a nuestros dos pequeños hijos, Facundo y Santiago, que sin pedirlo tendrán su herencia perruna, que parece gustarles, pero en realidad no tuvieron la opción, ya que crecieron entre parideras, viajaron desde pequeños a las exposiciones abrazados a cachorros, aprendieron a caminar prendidos de las colas de los perros, compartieron sus galletas con ellos  y su primera palabra fue “guau”.      


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